España destaca en Europa por su elevada esperanza de vida, situándose en los 84 años según Eurostat. Sin embargo, un reciente análisis demográfico ha identificado un fenómeno sorprendente: existe un auténtico corredor de la longevidad en el territorio nacional donde la probabilidad de alcanzar el centenario resulta significativamente superior al resto del país. Las provincias de Soria, Segovia y La Rioja encabezan este ranking, seguidas por Navarra y Guadalajara, mientras que provincias andaluzas como Cádiz, Sevilla y Málaga registran índices hasta tres veces inferiores.
Un índice que mide la longevidad real, no solo el envejecimiento
El demógrafo belga Michel Poulain, reconocido internacionalmente por sus investigaciones sobre las llamadas Blue Zones (zonas azules de longevidad extrema), ha presentado los resultados de dos décadas de seguimiento de personas centenarias en España. Su trabajo introduce el Extreme Longevity Index (ELI), un indicador que compara el número de centenarios nacidos en cada provincia con los nacimientos históricos registrados en esos mismos territorios entre 2003 y 2023.
La metodología resulta clave para entender el fenómeno. A diferencia de otros estudios que simplemente contabilizan dónde viven hoy más personas mayores —dato condicionado por migraciones internas y despoblación—, Poulain se centra en determinar dónde nacieron las generaciones con mayor probabilidad de llegar al siglo de vida. Este enfoque permite aislar factores estructurales y culturales de largo plazo, más allá de movimientos poblacionales recientes.
Los hallazgos desafían algunas intuiciones extendidas. Madrid, pese a contar con la mayor esperanza de vida de Europa, infraestructuras sanitarias de primer nivel y una renta per cápita superior, aparece en una posición intermedia en este índice. Mientras tanto, provincias rurales y escasamente pobladas como Soria (90.183 habitantes) o Segovia (158.251 habitantes) ascienden hasta los primeros puestos. La riqueza económica y la proximidad a grandes hospitales, por tanto, no explican por sí solas este patrón geográfico tan marcado.
Factores múltiples: dieta, movimiento y entorno social
Dos investigadoras españolas, Elisenda Rentería de la Universidad Autónoma de Barcelona y Pilar Zueras del Instituto de Estudios Demográficos de Cataluña, publicaron a principios de año conclusiones que anticipaban parcialmente los resultados de Poulain. Su análisis sobre la esperanza de vida saludable destacaba que La Rioja y Castilla y León sobresalían entre las regiones con mejores indicadores a partir de los 65 años, superando los cuatro años de vida libre de enfermedad, frente a apenas uno o dos años en otras comunidades como Galicia.
Según estas expertas, la geografía de la longevidad saludable no puede explicarse únicamente por factores médicos. Interviene una combinación compleja de comportamientos individuales y condiciones económicas, sociales y ambientales: dieta mediterránea, actividad física cotidiana, consumo de tabaco y alcohol, nivel educativo, contaminación atmosférica, acceso a zonas verdes, calidad de la vivienda, cohesión comunitaria y disponibilidad de servicios sanitarios. En su investigación identificaron el gasto sanitario público como una de las variables más relevantes, aunque no la única, para explicar los cambios regionales entre 2006 y 2019.
El demógrafo Poulain subraya que las generaciones que hoy cumplen 100 años nacieron alrededor de 1920, y su supervivencia es el resultado de toda una vida de exposiciones acumuladas: desde la alimentación y el tipo de trabajo hasta el descanso, el estrés, las relaciones familiares, las condiciones materiales durante la infancia y el acceso posterior a la sanidad. En este sentido, el investigador amplía el concepto tradicional de Blue Zones hacia los llamados corredores de longevidad, territorios donde múltiples factores culturales, ambientales y sociales convergen durante generaciones.
Actividad física integrada en la vida cotidiana
Una de las pistas más consistentes apunta hacia la actividad física de baja y moderada intensidad mantenida durante décadas. En las zonas rurales del corredor soriano-riojano-segoviano, generaciones enteras dedicadas a la agricultura y la ganadería acumularon ejercicio diario sin necesidad de gimnasios: caminar largas distancias, trabajar en el campo, cuidar animales, mantener huertos o desplazarse continuamente formaban parte de la rutina.
La evidencia científica respalda esta hipótesis. Estudios recientes muestran que caminar habitualmente —especialmente 15.000 pasos o más al día— se asocia con una reducción del riesgo de mortalidad del 30% respecto a personas sedentarias. Una gran revisión sobre mayores de 65 años concluye que la actividad física moderada y constante presenta beneficios cardiovasculares, funcionales, cognitivos y psicológicos significativos. La ciencia moderna sugiere que el volumen total de movimiento cotidiano puede ser más determinante que el ejercicio intenso esporádico.
Este patrón contrasta con el estilo de vida urbano contemporáneo, donde el uso del transporte motorizado, ascensores y la ausencia de tareas físicas cotidianas favorecen el sedentarismo. En las zonas rurales, en cambio, desplazarse andando, conservar huertos familiares o mantener animales domésticos siguen siendo actividades habituales que exigen esfuerzo físico diario de baja intensidad.
Alimentación, aire limpio y redes sociales fuertes
Otro factor relevante es la dieta. El estudio EPIC-España, realizado sobre más de 40.000 personas con un seguimiento medio de 13,4 años, encontró que una elevada adherencia a la dieta mediterránea está asociada con un 21% menos de mortalidad por cualquier causa y un 34% menos de mortalidad cardiovascular. Aunque no existe evidencia específica que compare directamente la dieta de sorianos o segovianos con la de otras provincias, es razonable suponer que el acceso a productos frescos, poco procesados y de proximidad ha sido históricamente más sencillo en entornos rurales.
El entorno físico también cuenta. Soria y Segovia son provincias muy despobladas, con escasa presencia de grandes núcleos urbanos. Esto implica históricamente menor exposición a contaminantes atmosféricos, mayor contacto con la naturaleza y más posibilidades de incorporar movimiento a la vida diaria. Investigaciones sobre más de ocho millones de personas han encontrado una asociación entre mayor exposición residencial a espacios verdes y menor mortalidad general. Un estudio español sobre más de 2.000 áreas identificó que mayores concentraciones de partículas PM2,5 y PM10 están asociadas con una reducción significativa de la esperanza de vida.
El componente social resulta igualmente crucial. Poulain concede especial importancia a la familia, la comunidad, sentirse útil y conservar relaciones humanas estables durante la vejez. Los pueblos pequeños pueden presentar problemas de aislamiento, pero también conservan redes familiares y comunitarias densas entre quienes permanecen integrados en ellos. Las personas con relaciones sociales más fuertes presentan una probabilidad de supervivencia un 50% superior, con un efecto particularmente intenso cuando se mide la integración social de manera amplia. El apoyo social puede amortiguar el estrés y modular respuestas del sistema nervioso autónomo, el eje hormonal del estrés y el sistema inmunitario.
Educación, genética y factores acumulativos
La educación también desempeña un papel destacado. Entre 2016 y 2019, la esperanza de vida a partir de los 30 años era 5,5 años mayor entre los hombres con estudios elevados que entre aquellos con menor formación, y tres años superior entre las mujeres. Las personas que leen con frecuencia y realizan esfuerzos mentales son menos propensas a sufrir un deterioro cognitivo temprano. Sin embargo, este factor tampoco explica automáticamente el patrón geográfico observado.
La interpretación más prudente sugiere que no existe un único secreto para alcanzar los 100 años. Una dieta razonablemente saludable reduce un poco el riesgo, caminar diariamente lo reduce otro poco, respirar aire menos contaminado aporta otra ventaja, mantener vínculos sociales fuertes otra más, y evitar obesidad, tabaquismo y sedentarismo durante décadas suma otro factor. Cuando estas pequeñas ventajas se acumulan durante 80, 90 o 100 años, pueden producir diferencias significativas en los extremos de la distribución de longevidad.
En clave: Por qué importa
El corredor de la longevidad identificado en Soria, Segovia y La Rioja no ofrece una fórmula mágica para vivir un siglo, pero sí evidencia que un ecosistema donde convergen durante generaciones múltiples condiciones favorables —dieta mediterránea, actividad física cotidiana, aire limpio, cohesión social y acceso a servicios sanitarios— puede traducirse en una probabilidad significativamente mayor de alcanzar edades extremas con salud. Este hallazgo plantea un desafío para las políticas públicas: ya no se trata simplemente de añadir años a la vida mediante avances médicos, sino de garantizar que los años ganados a la muerte se conviertan también en años ganados a la enfermedad. En un país como España, que ya ostenta una de las mayores esperanzas de vida del planeta, el verdadero reto demográfico y sanitario del siglo XXI será precisamente ese: cómo extender a todo el territorio las condiciones que han permitido a estas provincias convertirse en referentes de longevidad saludable.



