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Los bonos reviven tensiones de 2022 con una inflación energética menos explosiva

Los mercados de deuda soberana están experimentando nuevamente fuertes ventas ante el repunte de la inflación, despertando el recuerdo del traumático año 2022. Sin embargo, el escenario actual presenta diferencias sustanciales que hacen pensar a los analistas que no estamos ante una repetición exacta de aquella crisis.

En 2022, los inversores en renta fija vivieron uno de los peores ejercicios de su historia, con pérdidas superiores al 16% en bonos globales. La situación fue especialmente grave porque ni siquiera las acciones ofrecieron refugio: el S&P 500 cayó un 19,4%, el Nasdaq Composite se desplomó un 33,1% y el Dow Jones perdió cerca del 8,8%. En Europa, las bolsas acumularon retrocesos que en muchos casos superaron el 10%.

Un contexto macroeconómico radicalmente distinto

Aquella tormenta perfecta coincidió con un shock energético derivado de la guerra de Ucrania que golpeó economías con una demanda extraordinariamente fuerte tras la pandemia, estímulos fiscales masivos y bancos centrales que mantenían tipos de interés cercanos a cero. La inflación estadounidense alcanzó el 9,1% en junio de 2022, mientras que en la zona euro llegó al 10,6% en octubre. La Reserva Federal respondió elevando los tipos en 425 puntos básicos en apenas nueve meses, mientras el Banco Central Europeo abandonó los tipos negativos y los incrementó en 250 puntos básicos entre julio y diciembre.

En contraste, el repunte inflacionario de 2026 llega cuando la economía global muestra mayor debilidad, la demanda está contenida y la política monetaria ya es restrictiva. Los bancos centrales abandonaron hace tiempo los tipos negativos y actualmente operan en terreno positivo. El BCE realizó ajustes en junio y la Fed, aunque aún no ha movido tipos, enfrenta presiones crecientes tras datos laborales sorprendentemente sólidos: la economía estadounidense creó 162.000 empleos en agosto, triplicando las expectativas del mercado situadas entre 55.000 y 65.000 puestos.

La energía como protagonista casi exclusivo

Los economistas del Banco Central Europeo han analizado en profundidad ambos episodios y destacan una diferencia crucial: en 2026, aproximadamente el 90% del aumento de la inflación energética entre enero y mayo se debe a perturbaciones en el suministro de energía, principalmente relacionadas con las tensiones en el estrecho de Ormuz. Esto contrasta marcadamente con 2022, cuando además de los problemas de oferta energética, existían potentes factores de demanda que amplificaban las presiones inflacionarias.

Kristina Barauskatié y Claus Brand, economistas del BCE, explican en el blog de la institución que la excepcionalidad de 2022 resultó de una combinación única de fuerzas que actuaban simultáneamente por el lado de la oferta y de la demanda. Había cuellos de botella y escasez de productos por la pandemia, después llegó el shock energético, pero al mismo tiempo operaba una demanda extraordinariamente fuerte tras las reaperturas, con estímulos fiscales, tipos negativos, compras de activos y un enorme exceso de ahorro acumulado por los hogares.

Respuesta más mesurada de los bancos centrales

Los expertos señalan que la respuesta de los bancos centrales ha sido más gradual y flexible en esta ocasión. En 2022, las considerables presiones de demanda, las políticas públicas acomodaticias y los choques inflacionarios más grandes y sostenidos exigieron una acción de política monetaria enérgica y persistente. Por el contrario, el carácter predominantemente adverso de la oferta del aumento de la inflación de 2026 ha motivado hasta la fecha una respuesta más calibrada.

Hélène Baudchon, economista de BNP Paribas, sostiene que el impacto inflacionario y el efecto negativo sobre la actividad económica derivado de la actual crisis energética siguen siendo significativamente menores que los de 2022. Según su análisis, debido a las renovadas tensiones en el conflicto con Irán y la subida de los precios de los hidrocarburos, la inflación está repuntando de nuevo, aunque por ahora de forma limitada y exclusivamente impulsada por los precios de la energía.

Pérdidas contenidas en comparación con el pasado

Los datos del Bloomberg Global Aggregate Bond Index reflejan que los bonos han perdido un 4,2% este año, muy lejos del desplome del 23% que llegaron a registrar en su punto más bajo de 2022. Las rentabilidades de los bonos soberanos globales han aumentado 17 puntos básicos sobre una base acumulada móvil de 20 días, frente a los 62 puntos básicos de entonces. Además, los inversores cuentan ahora con un mayor colchón de ingresos: los bonos del índice Bloomberg Global Treasury Total Return han ofrecido este año un cupón medio del 2,68%, frente al 1,84% de 2022.

Mike Goosay, director de inversiones y responsable global de renta fija de Principal Asset Management, considera que aunque la volatilidad actual puede resultar perturbadora, está mejorando el conjunto de oportunidades a largo plazo en los mercados de renta fija, creando oportunidades que han estado en gran medida ausentes durante buena parte de la última década.

Factores de riesgo persistentes

No obstante, persisten elementos de riesgo. El elevado gasto público en grandes mercados como Japón, Reino Unido, Francia y Estados Unidos mantiene en niveles elevados las emisiones de deuda, lo que lleva a los inversores a exigir mayor compensación por poseer deuda con vencimientos más largos. Simultáneamente, la enorme cantidad de fondos necesarios para financiar el auge de la inteligencia artificial intensifica la competencia por el capital y ayuda a elevar los costes de financiación.

El aumento de las rentabilidades japonesas constituye otra posible fuente de tensión, ya que corre el riesgo de atraer de vuelta a Japón capital global. La inflación de la zona euro aceleró en agosto hasta el 3,3%, desde el 2,9% de julio, impulsada especialmente por una energía que se encareció un 14,3%, dejando prácticamente descontada en los mercados una nueva subida de 25 puntos básicos del BCE.

En clave: Por qué importa

La distinción entre el episodio actual y el de 2022 resulta fundamental para inversores y ahorradores. Mientras que hace cuatro años la combinación de demanda desbocada, estímulos masivos y tipos negativos amplificó un shock energético hasta convertirlo en una crisis inflacionaria generalizada, el escenario de 2026 muestra mayor resiliencia estructural. Los tipos de interés ya elevados actúan como amortiguador, la demanda contenida limita la capacidad de traslación de costes y los bancos centrales operan desde una posición de mayor fortaleza institucional. Aunque persisten riesgos asociados a las tensiones geopolíticas en Oriente Medio y al elevado endeudamiento público, el punto de partida es cualitativamente diferente. Para los ahorradores con planes de pensiones o fondos de inversión en renta fija, esto implica que las turbulencias actuales, aunque incómodas, no deberían generar el mismo nivel de alarma que el desplome histórico de 2022. La clave reside en monitorear si la inflación energética se mantiene aislada o logra contagiarse a otros sectores, algo que por ahora no está ocurriendo de manera generalizada.

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