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España arrastra una brecha de productividad del 22% frente a Europa desde hace treinta años

La economía española mantiene una diferencia persistente en materia de productividad respecto a las naciones más desarrolladas de la Unión Europea. Medida como PIB por hora trabajada, esta brecha se sitúa en 22 puntos porcentuales (75% frente al 97% de los siete países más avanzados del bloque) y, salvo mejoras puntuales, no ha experimentado una reducción significativa en casi tres décadas. Este dato fue el eje central de una sesión organizada por Fedea y el Consejo General de Economistas (CGE), donde diversos expertos analizaron las causas estructurales de este rezago y propusieron soluciones.

Los factores de demanda predominan sobre la oferta

Rafael Doménech, analista de BBVA Research, señaló que en los últimos años la economía española ha estado impulsada principalmente por factores de demanda, relegando a un segundo plano los elementos de oferta que realmente generan crecimiento sostenible. Además, subrayó que la inversión pública es insuficiente, especialmente en infraestructuras, un ámbito donde España presenta cifras mínimas en comparación con la media europea. Otro problema identificado es que el empleo no fluye hacia los sectores donde la productividad experimenta mayor crecimiento, lo que perpetúa la ineficiencia general del sistema productivo.

Doménech también destacó que existen barreras regulatorias y administrativas que entorpecen el crecimiento empresarial y la innovación. Estas trabas burocráticas, que incluyen plazos largos para obtener licencias y permisos, frenan las inversiones necesarias tanto en el sector público como en el privado. En su opinión, la adopción de nuevas tecnologías, incluida la inteligencia artificial, representa una oportunidad única para acelerar los procesos y mejorar la eficiencia de las administraciones públicas y las empresas.

El tamaño empresarial y la concentración sectorial

Antonio García Rebollar, economista del Estado, aportó otra perspectiva clave: las grandes empresas españolas presentan niveles de productividad comparables a sus homólogas europeas, pero el problema radica en la estructura empresarial del país. En España, solo el 35% de los trabajadores prestan servicios en compañías de más de 50 empleados, mientras que en Alemania este porcentaje alcanza el 66%. Esta atomización del tejido empresarial limita las economías de escala, la inversión en I+D y la capacidad de innovación.

Además, García Rebollar enfatizó que las horas trabajadas en España se concentran en sectores de baja productividad, como la construcción, el transporte y la hostelería, que representan el 30,6% del total. En contraste, la industria, un sector de mayor valor añadido, apenas supone el 12,4% de las horas laborales. No obstante, el economista destacó un cambio positivo en el comercio exterior: España está evolucionando desde la exportación de mercancías hacia servicios intensivos en conocimiento y alta productividad, lo que podría ser un camino para cerrar la brecha en el futuro.

Inversión en capital humano, I+D y tecnología

Ángel de la Fuente, director ejecutivo de Fedea, puso el foco en la necesidad de incrementar la inversión tanto pública como privada en áreas estratégicas. Entre ellas, destacó las políticas educativas, la investigación y el desarrollo tecnológico, y las obras públicas. De la Fuente argumentó que mejorar la calidad del capital humano es fundamental para impulsar la productividad a largo plazo, y que España debe apostar decididamente por la formación continua y la adaptación a las nuevas demandas del mercado laboral.

La digitalización y la adopción de tecnologías emergentes, como la inteligencia artificial, fueron señaladas por varios participantes como palancas esenciales para la transformación productiva. Rafael Doménech expresó optimismo sobre la capacidad de las administraciones y las empresas para aprovechar esta ventana de oportunidad, aunque advirtió que es necesario reducir los tiempos burocráticos y simplificar los procesos administrativos para que la inversión fluya con mayor agilidad.

Ejemplos internacionales y el camino hacia la internacionalización

García Rebollar mencionó el caso de Singapur como un ejemplo, aunque extremo, de cómo la internacionalización y la orientación estratégica de la economía pueden impulsar la productividad. En este país asiático, las empresas están fuertemente conectadas con los mercados internacionales y el sector servicios está orientado hacia el comercio y los servicios de alto valor añadido. Además, el sector industrial avanzado representa el 20% de su PIB, una cifra significativamente superior a la española. Si bien las circunstancias de España son distintas, el experto sugirió que la internacionalización de las compañías y la apuesta por sectores intensivos en conocimiento pueden marcar direcciones válidas para reducir la brecha de productividad.

En clave: Por qué importa

La productividad es un indicador crucial para medir la capacidad real de crecimiento económico de un país. Una productividad baja implica que, aunque se genere empleo, el valor añadido por trabajador y por hora trabajada es menor, lo que limita el aumento de salarios reales, la competitividad internacional y, en última instancia, el bienestar de la población. Para España, cerrar esta brecha de 22 puntos con respecto a los países más avanzados de Europa no solo requiere inversión en infraestructuras físicas y digitales, sino también un cambio estructural profundo: desde la mejora del capital humano hasta la simplificación de trámites administrativos, pasando por el fomento de empresas de mayor tamaño y la reorientación del empleo hacia sectores de mayor valor añadido. Los expertos coinciden en que, aunque el desafío es complejo, las nuevas tecnologías y la transformación digital ofrecen una oportunidad histórica para acelerar este proceso y situar a la economía española en una senda de crecimiento sostenible y competitivo a largo plazo.

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