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El desplome de los metales preciosos desafía la lógica del mercado pese a la caída del crudo

Los mercados de metales preciosos atraviesan uno de los episodios más turbulentos de los últimos años. El oro ha retrocedido un 25% desde sus máximos anuales, mientras que la plata experimenta un desplome aún más dramático del 45%. Esta corrección se produce en un contexto aparentemente contradictorio: mientras el petróleo se desploma tras el acuerdo entre Estados Unidos e Irán y la reapertura progresiva del estrecho de Ormuz, los tipos de interés se mantienen elevados y amenazan con subir más.

La situación resulta paradójica para muchos inversores. Tradicionalmente, los metales preciosos funcionan como refugio en momentos de incertidumbre geopolítica y cuando las perspectivas inflacionarias se disparan. Sin embargo, en esta ocasión, la reducción de las tensiones en Oriente Medio no ha beneficiado al oro ni a la plata. Todo lo contrario: estos activos se han visto atrapados en una dinámica bajista impulsada por las expectativas sobre la política monetaria de la Reserva Federal y el Banco Central Europeo.

El giro halcón de los bancos centrales desplaza al petróleo como referencia

Según el análisis de Deutsche Bank, el ajuste de precios en el mercado del oro responde fundamentalmente a las expectativas de una política monetaria más restrictiva durante más tiempo. El mercado ha dejado de prestar atención al comportamiento del crudo para centrarse casi exclusivamente en las decisiones y declaraciones de los principales bancos centrales. Kevin Warsh, nuevo presidente de la Reserva Federal, fue especialmente contundente al afirmar que «hemos incumplido nuestro objetivo de inflación durante cinco años y vamos a solucionarlo». Esta declaración ha resonado con más fuerza entre los inversores que el alivio energético procedente de la reapertura del estrecho de Ormuz.

Philip Lane, economista jefe del BCE, reforzó este mensaje al asegurar que la institución debe actuar porque la inflación podría mantenerse por encima del 2% durante un periodo muy prolongado. Este endurecimiento del discurso oficial ha modificado radicalmente las expectativas del mercado respecto a la evolución de los tipos de interés. Los inversores ahora descuentan la posibilidad de nuevas subidas, y algunos analistas señalan que la propia regla de Taylor sugeriría una política monetaria incluso más agresiva en Estados Unidos. Deutsche Bank calcula que el tipo de interés adecuado sería unos 80 puntos básicos superior al nivel actual.

Tipos reales positivos: el gran enemigo de los metales preciosos

El oro y la plata son activos que no generan rentabilidad por sí mismos. No ofrecen dividendos, cupones ni ningún tipo de renta periódica. Por ello, compiten directamente con los bonos y otros instrumentos financieros remunerados. Cuando los tipos de interés reales se sitúan en terreno positivo, mantener metales preciosos en cartera resulta cada vez menos atractivo desde un punto de vista financiero. Esta correlación se ha estrechado notablemente en los últimos meses. Desde marzo, la relación entre las expectativas de tipos para junio de 2027 y la cotización del oro es mucho más intensa que la observada a finales de 2025.

El analista Robin Brooks, investigador principal de Brookings Institution y execonomista jefe del Instituto Internacional de Finanzas, suele recordar un momento clave: el Simposio de Jackson Hole del año pasado. En aquel encuentro, el entonces presidente de la Fed, Jerome Powell, desplazó el énfasis del doble mandato del banco central desde la preocupación por la elevada inflación hacia el debilitamiento del mercado laboral. Este giro, producido en un momento de constantes presiones desde la Casa Blanca para aplicar una política acomodaticia, desató lo que se conoce como ‘debasement trade’, una apuesta por la erosión del dinero fíat que impulsó fuertemente al oro durante meses. Ahora, con el cambio de liderazgo y de prioridades en la Fed, ese impulso se ha revertido bruscamente.

Los flujos financieros también juegan en contra

Además de la presión derivada de las expectativas sobre tipos de interés, los metales preciosos enfrentan otro problema: las salidas masivas de capital desde los fondos cotizados (ETF) respaldados por oro. Los ETF en Estados Unidos, Europa, China, Japón e India han registrado nuevas salidas de dinero, y sus activos han caído a mínimos del año. Los inversores siguieron vendiendo incluso después del último repunte del metal, lo que evidencia una desconfianza profunda. El interés abierto en los futuros de oro se encuentra en un mínimo de 17 años, y las posiciones largas netas están más cerca de los mínimos anuales que de los máximos.

Ethan Mackenzie-Yapa, desde Oxford Economics, explica que la evolución del precio del oro en 2025 se vio impulsada por unas entradas más rápidas de fondos cotizados procedentes de los inversores minoristas, a un ritmo sin precedentes. Al ser la fuente más volátil de demanda de oro, los ETF actúan como el comprador marginal del mercado. En un mercado donde la oferta física es limitada, es precisamente el comprador marginal quien fija el precio. Las compras de especuladores, inversores minoristas y seguidores de tendencias pueden provocar movimientos de precios bruscos y que se refuerzan a sí mismos. En la actualidad, esa dinámica se ha invertido completamente.

Los bancos centrales: el pilar que sostiene el mercado a largo plazo

A pesar del entorno adverso, existe un factor estructural que continúa ofreciendo soporte al oro: las compras oficiales por parte de los bancos centrales. Desde 2022, las autoridades monetarias de todo el mundo han incrementado significativamente sus adquisiciones de oro, y esta tendencia se mantiene intacta. Durante el primer trimestre de 2026, las compras oficiales alcanzaron un récord de 38.900 millones de dólares en términos reales. Los bancos centrales de las economías emergentes todavía poseen aproximadamente la mitad del oro que mantienen los de las economías desarrolladas, lo que deja margen para nuevas compras en los próximos años.

Este fenómeno responde a varios motivos. Por un lado, la congelación de los activos rusos en 2022 incrementó la desconfianza de muchas naciones respecto a mantener sus reservas en dólares o en sistemas financieros occidentales. Por otro lado, el crecimiento sostenido de la deuda pública estadounidense, que avanza a un ritmo anual del 8%, muy por encima del 6% previsto a largo plazo por la Oficina Presupuestaria del Congreso, sigue siendo un poderoso argumento alcista para el metal a medio y largo plazo. Sin embargo, en el corto plazo, este factor estructural queda eclipsado por la amenaza de una Reserva Federal más agresiva.

Revisión generalizada de previsiones a la baja

La tormenta perfecta que atraviesan los metales preciosos ha llevado a las principales entidades de análisis a revisar drásticamente sus previsiones. Deutsche Bank ha recortado su estimación para el precio del oro en un 22%. Goldman Sachs rebajó la semana pasada en 500 dólares por onza su previsión para finales de año, situándola en 4.900 dólares. Si el mercado termina descontando entre tres y cuatro subidas adicionales de tipos, el oro podría caer hasta los 3.800 dólares por onza, según los cálculos de Deutsche Bank. Solo si la desinflación gana fuerza y la Fed mantiene una pausa prolongada, el metal tendría margen para recuperar terreno hacia los 4.800 dólares.

Carsten Menke, analista de Julius Baer, resume la situación con claridad: «Los inversores compran cuando los tipos de interés estadounidenses bajan y el dólar se debilita, y venden cuando los tipos suben y el dólar se fortalece. Nuestra opinión sobre la política monetaria estadounidense se mantiene sin cambios por ahora; no esperamos que la Fed suba los tipos. La demanda de inversión debería repuntar de nuevo, especialmente en el caso del oro, una vez que vuelva la claridad y la convicción sobre la política monetaria estadounidense».

En cuanto a la plata, la situación es menos clara. Desde Julius Baer reconocen que este metal sigue sufriendo las secuelas del frenesí alimentado por la especulación, lo que debería mantener a los inversores al margen durante más tiempo. La caída del 45% desde máximos del año refleja una volatilidad extrema que dificulta cualquier apuesta a corto plazo. El oro cotiza este martes en los 4.140 dólares la onza, mientras que la plata lo hace en los 62,35 dólares.

En clave: Por qué importa

Esta crisis en los metales preciosos refleja un cambio fundamental en las dinámicas de los mercados financieros globales. Durante décadas, el oro y la plata han sido considerados activos refugio por excelencia, protectores frente a la inflación y la inestabilidad geopolítica. Sin embargo, el episodio actual demuestra que, cuando los bancos centrales priorizan la lucha contra la inflación mediante tipos de interés reales positivos, estos metales pierden su atractivo incluso en contextos de tensión internacional. Para los inversores, esto supone un recordatorio de que no existen activos inmunes a los ciclos económicos y monetarios. El desplome del petróleo, que en teoría debería haber beneficiado a los metales preciosos al reducir las presiones inflacionarias, ha quedado eclipsado por las expectativas de una política monetaria más dura. A largo plazo, el apoyo estructural de los bancos centrales y el crecimiento insostenible de la deuda pública podrían devolver el brillo al oro, pero en el corto plazo, la Reserva Federal tiene la última palabra.

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