Desde que Pedro Sánchez asumió la presidencia del Gobierno en junio de 2018, el mercado laboral español ha mostrado una evolución aparentemente contradictoria. Mientras el paro registrado ha descendido un 26%, alcanzando cifras históricamente bajas, el gasto público destinado a proteger a los desempleados se ha disparado un 46%. Esta paradoja revela un cambio profundo en la estructura del mercado de trabajo y en las políticas de protección social implementadas durante estos años.
Según los datos del Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE), entre enero y agosto de 2026 se desembolsaron 16.941 millones de euros en prestaciones por desempleo, frente a los 11.581 millones del mismo periodo de 2018. Al mismo tiempo, en septiembre de este año cobraban algún tipo de ayuda 1.763.649 personas, 52.074 más que hace ocho años. Estos números contrastan marcadamente con las 823.004 personas menos que figuran ahora como parados registrados en las oficinas de empleo.
La reforma laboral y el auge de los fijos discontinuos
Una de las claves para entender esta aparente contradicción reside en la reforma laboral de 2021, que eliminó el contrato por obra o servicio y extendió la figura del fijo discontinuo. Este tipo de contrato ha transformado radicalmente las estadísticas del desempleo, ya que los trabajadores fijos discontinuos que finalizan su temporada mantienen técnicamente su relación laboral y, por tanto, no computan como parados en las estadísticas oficiales, aunque sí pueden cobrar prestaciones.
El impacto de este cambio es notable: entre enero y septiembre de 2018, 244.794 trabajadores comenzaron a percibir la prestación al concluir su campaña. En el mismo periodo de 2026, esta cifra se ha más que duplicado hasta alcanzar las 576.132 personas, representando una de cada seis nuevas prestaciones contributivas. El grupo de demandantes inscritos en las oficinas con relación laboral ha crecido de 231.989 personas en septiembre de 2018 a 802.580 en la actualidad, lo que explica por qué el número total de demandantes ha bajado mucho menos de lo que sugiere la caída del paro oficial.
Cambios estructurales en el perfil de los beneficiarios
La composición de quienes reciben prestaciones también ha experimentado una transformación significativa. El número de personas que cobran tras un despido individual ha pasado de 215.142 en 2018 a 344.175 en la actualidad, mientras que quienes acceden a la prestación tras finalizar un contrato temporal han disminuido de 313.537 a 181.899. Esta modificación en el perfil de los beneficiarios tiene consecuencias directas sobre el gasto, ya que un trabajador indefinido despedido suele acumular más tiempo de cotización y, por tanto, tiene derecho a cobrar durante más meses que quien encadenaba contratos temporales de corta duración.
La prestación contributiva media ha experimentado un incremento sustancial, pasando de 805 euros mensuales en 2018 a 1.023 euros en la actualidad, lo que representa un aumento del 27%. Este crecimiento se ha acelerado en el último año, con un repunte del 6,2% que supera tanto la inflación como el incremento salarial medio. El coste total de la prestación contributiva ha saltado de 7.558 millones de euros en los ocho primeros meses de 2018 a 11.654 millones en el mismo periodo de 2026, un incremento del 54%, mientras el número medio de perceptores ha crecido un 21%.
La ampliación del subsidio para mayores de 52 años
Otro factor determinante en el aumento del gasto ha sido la reforma de los subsidios implementada en 2019, que rebajó de 55 a 52 años la edad mínima para acceder a una ayuda específica que se mantiene hasta la jubilación y eliminó el requisito de rentas familiares. Esta medida ha provocado un incremento sostenido de beneficiarios: de 261.243 personas en septiembre de 2018 a 464.345 en la actualidad, representando más de la mitad del total de subsidios concedidos.
Como esta ayuda se mantiene hasta que el beneficiario alcanza la edad de jubilación, cada nueva incorporación se acumula sobre las anteriores durante años, generando un efecto multiplicador en el gasto. El crecimiento de estos beneficiarios coincide con el aumento de inscritos mayores de 59 años con disponibilidad limitada para trabajar, que han pasado de 77.973 a 227.055, aunque tampoco cuentan como parados en las estadísticas oficiales.
En el ámbito de los subsidios, cada beneficiario supone actualmente un gasto medio de 803 euros mensuales, frente a los 545 euros de 2018, un incremento muy superior al de la cuantía nominal de estas ayudas. El nivel asistencial en su conjunto ha pasado de 4.022 millones en los primeros ocho meses de 2018 a 5.287 millones en el mismo periodo de 2026. Este aumento se ha visto parcialmente compensado por la desaparición de otras ayudas, como la renta activa de inserción y el programa de activación para parados de larga duración, que sumaban 761 millones en 2018 y hoy prácticamente han desaparecido.
La tasa de cobertura y sus matices estadísticos
La tasa de cobertura, el indicador que el Gobierno utiliza para medir qué proporción de los parados está protegida, también refleja estos cambios estructurales. Este porcentaje ha escalado del 56,6% en septiembre de 2018 al 80,8% actual. Sin embargo, esta mejora estadística no necesariamente implica una mayor protección individual para cada desempleado, sino que refleja el hecho de que los fijos discontinuos inactivos se contabilizan entre quienes cobran prestaciones pero no entre los parados oficiales, inflando artificialmente la tasa.
La reforma de los subsidios que entró en vigor en noviembre de 2024 redistribuyó las ayudas sin incrementar el número total de perceptores. Al cerrarse la renta activa de inserción a nuevas solicitudes, sus beneficiarios se desplomaron de 85.601 en septiembre de 2024 a apenas 5.597 un año después. Paralelamente, los del subsidio ordinario subieron de 685.194 a 769.130, por lo que la suma total apenas varió. Durante 2026, los perceptores del subsidio han retrocedido levemente hasta los 762.265 beneficiarios.
En clave: Por qué importa
Esta evolución del gasto en prestaciones por desempleo plantea interrogantes fundamentales sobre la sostenibilidad del sistema de protección social español. Si con el mercado laboral en máximos históricos de empleo y el paro en mínimos de las últimas décadas el Estado ya destina un 46% más de recursos a proteger a los desempleados, la pregunta inevitable es qué ocurrirá cuando cambie el ciclo económico. Un eventual deterioro del mercado de trabajo sumaría nuevos parados a un sistema que ya genera un gasto elevado en condiciones favorables.
Los datos revelan que las reformas laborales y de prestaciones implementadas durante la era Sánchez han transformado profundamente la estructura del mercado de trabajo y el perfil de quienes dependen de las ayudas públicas. Cada vez pesan más los fijos discontinuos que alternan periodos de actividad con meses de inactividad protegida, y los mayores de 52 años que utilizan el subsidio como puente hasta su jubilación. Esta nueva realidad desafía las métricas tradicionales del desempleo y obliga a replantear cómo se mide y gestiona la protección social en un mercado laboral cada vez más complejo y fragmentado.



