Sin conflictos bélicos, la nación caribeña registra un desplome del PIB superior al de la Gran Depresión y al de la Europa de la Segunda Guerra Mundial, mientras el mundo observa la caída de un modelo rentista.
Hubo un tiempo en el que Venezuela compartía mesa con Francia en el ranking de riqueza global. Hoy, el escenario es otro muy distinto. La reciente captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos ha vuelto a poner los focos sobre una herida abierta en el continente: ¿Cómo pudo la nación con las mayores reservas de petróleo del planeta —303.000 millones de barriles según la OPEP— terminar con una economía de posguerra sin haber disparado una sola bala en un conflicto internacional?
La radiografía actual es devastadora. Aunque las cifras del Fondo Monetario Internacional (FMI) muestran un tímido rebote con un crecimiento del 5,3% en 2024, el panorama general revela una destrucción de riqueza sin precedentes en la era moderna. El Producto Interior Bruto (PIB) actual, situado en 82.000 millones de dólares, palidece ante los 372.000 millones que el país ostentaba en 2012.
Hablamos de un colapso del 78% desde su pico histórico. Para ponerlo en perspectiva: entre 2013 y 2020, la economía se contrajo un 88%, una caída tres veces más profunda que la sufrida por Estados Unidos durante la Gran Depresión y superior incluso a la devastación económica de Siria durante su guerra civil.
La paradoja del oro negro
La historia venezolana es la crónica de una oportunidad perdida. Durante décadas, el país vivió bajo el espejismo de la «Venezuela Saudita», subsidiando la gasolina hasta convertirla en el líquido más barato del mundo (0,097 céntimos de bolívar el litro, virtualmente gratis). Sin embargo, esa dependencia extrema del crudo, combinada con la gestión estatista iniciada tras la llegada de Hugo Chávez y la purga de PDVSA en 2003, asfixió la gallina de los huevos de oro.
La producción petrolera ilustra este suicidio industrial: de bombear una media de 2,8 millones de barriles diarios entre 2008 y 2013, el país pasó a tocar fondo en 2020 con apenas 337.000 barriles. Aunque en 2024 la cifra repuntó a 921.000, sigue siendo un 67% inferior a sus años dorados. La falta de inversión y el desmantelamiento de la propiedad privada han dejado a Venezuela en los puestos de cola (20-22) de los productores globales, a pesar de estar sentada sobre un océano de crudo.
El coste humano y la inflación crónica
El descalabro macroeconómico tiene un rostro humano trágico. La crisis ha expulsado a 7,9 millones de venezolanos, según datos de ACNUR, lo que equivale a perder el 25% de la población nacional. Esta diáspora, repartida principalmente entre Colombia (2,8 millones), Perú (1,7 millones) y Brasil, se ha convertido en el único balón de oxígeno para muchas familias a través de las remesas.
En el frente monetario, la batalla ha sido igualmente cruenta. Tras alcanzar una hiperinflación surrealista del 130.000% en 2018, la «dolarización de facto» y ciertas medidas de austeridad lograron contener el alza de precios al 548% en 2024. No obstante, el daño al tejido social es irreversible: entre 1998 y 2018, el bolívar vio evaporarse el 99,999997% de su valor, pulverizando el ahorro de generaciones enteras.
Aunque Venezuela se mantiene como un mercado «en pausa» para la inversión extranjera, los lazos regionales no han desaparecido del todo. Brasil y Colombia siguen siendo socios comerciales clave, aunque el intercambio se limita a sectores muy específicos como fertilizantes, lejos de la vibrante dinámica de antaño.
En Clave: El largo camino de la reconstrucción
Más allá de los titulares sobre detenciones y política, la realidad subyacente es que la recuperación de Venezuela no será cuestión de meses, sino de décadas. Los expertos estiman que, incluso con un giro radical hacia políticas económicas ortodoxas y eficientes, el país tardará entre 20 y 30 años en recuperar el terreno perdido. El reto no es solo reactivar los pozos petroleros, sino reconstruir la confianza institucional y atraer de nuevo al capital humano que huyó. En el tablero geopolítico de 2026, la incertidumbre sobre la reacción de aliados del chavismo como China o Rusia añade una capa extra de complejidad, pero una cosa es segura: el mundo financiero ya no puede ignorar el vacío que deja en la región un gigante dormido.



