Durante décadas, la fórmula de inversión conocida como cartera 60/40 —sesenta por ciento en acciones para buscar crecimiento y cuarenta por ciento en bonos como contrapeso— ha sido una de las estrategias más populares entre los inversores. Su éxito se basaba en una premisa fundamental: cuando las acciones bajaban, los bonos subían, ofreciendo protección natural al conjunto de la cartera.
Sin embargo, esa premisa ha comenzado a tambalearse. El año 2022 marcó un punto de inflexión cuando ambas clases de activos experimentaron pérdidas significativas de forma simultánea, un fenómeno que toda una generación de inversores no había presenciado. Lejos de ser una anomalía pasajera, este comportamiento refleja cambios estructurales en el entorno macroeconómico que podrían tener implicaciones duraderas para quienes construyen carteras de inversión.
La inflación persistente rompe la correlación histórica
Los datos históricos muestran un patrón revelador: cuando la inflación subyacente se mantiene por encima del 2,5 por ciento de media, la correlación entre acciones y bonos tiende a volverse positiva. Esto significa que ambos activos comienzan a moverse en la misma dirección, erosionando la diversificación que justifica la estrategia tradicional. Precisamente ese escenario es el que se observa desde principios de 2021, con una correlación positiva cada vez más pronunciada y persistente.
El problema se agrava en un contexto donde los principales bancos centrales, especialmente la Reserva Federal estadounidense, se ven obligados a mantener tipos de interés elevados para combatir la inflación, incluso cuando el crecimiento económico se ralentiza. Esta situación elimina uno de los pilares sobre los que se construyó la confianza en la cartera 60/40: la expectativa de que la política monetaria sería acomodaticia en momentos de tensión del mercado.
El fin de la red de seguridad implícita
La llamada «Fed put» —la creencia de que el banco central actuaría como red de seguridad en momentos de crisis mediante recortes de tipos— parece estar perdiendo vigencia. Tras dos décadas de estímulos monetarios, con una deuda pública en niveles elevados y una inflación que no cede, el coste de mantener políticas excesivamente acomodaticias se hace evidente.
Con el nuevo presidente de la Reserva Federal, Kevin Warsh, al frente, parece haber mayor disposición a tolerar cierto grado de dolor en los mercados, permitiendo que las fuerzas naturales del mercado operen con mayor libertad. Para los inversores que dependen de sus carteras a largo plazo, especialmente aquellos próximos a la jubilación, esta realidad plantea un desafío concreto: si los bonos no pueden amortiguar de forma fiable las caídas de la renta variable, ¿qué alternativa existe?
La falsa sensación de diversificación
Muchos inversores responden a este dilema incorporando más clases de activos: capital riesgo, sector inmobiliario, materias primas o infraestructuras. No obstante, tener múltiples categorías en cartera no garantiza verdadera diversificación si todas responden a los mismos factores macroeconómicos fundamentales, como el crecimiento económico o las variaciones en los tipos de interés.
El capital riesgo, por ejemplo, muestra correlaciones elevadas con los mercados públicos una vez se ajustan los desfases de valoración y el efecto de la iliquidez. Los fondos de inversión inmobiliaria (REIT) tienden a comportarse como acciones durante las crisis. Las materias primas presentan alta volatilidad y resultan difíciles de implementar de manera coherente. La pregunta relevante no es cuántas clases de activos integran una cartera, sino a cuántos factores de rentabilidad genuinamente diferentes se tiene acceso real.
Alternativas líquidas como complemento estructural
Frente a este panorama, los activos alternativos líquidos están ganando atención renovada. Se trata de estrategias disponibles a través de mercados públicos que ofrecen un equilibrio entre diversificación genuina y liquidez, características especialmente valiosas cuando la cartera tradicional muestra signos de desgaste.
Entre las estrategias más relevantes destacan el seguimiento de tendencias, que toma posiciones largas en activos con tendencia alcista y cortas en aquellos con tendencia bajista en múltiples mercados; las estrategias de valor relativo neutrales respecto al mercado, que buscan eliminar la exposición al mercado general obteniendo rentabilidad únicamente de la selección de valores; los enfoques multiactivos dinámicos, que ajustan activamente las exposiciones según señales de riesgo; y las posiciones largas en volatilidad, que actúan como protección aunque tradicionalmente conllevan un coste elevado.
Estas estrategias comparten un enfoque común: se centran en cómo se generan las rentabilidades y no solo en la clase de activo de la que proceden. Al utilizar instrumentos líquidos como acciones cotizadas, bonos y futuros, ofrecen transparencia y eficiencia en costes, factores cruciales para su integración efectiva en carteras institucionales e individuales.
En clave: Por qué importa
La estrategia 60/40 no debe abandonarse por completo, pero confiar únicamente en ella para obtener tanto crecimiento como protección supone apostar implícitamente por un entorno macroeconómico que podría no mantenerse. Si la economía global entra en un periodo de estanflación —crecimiento estancado con inflación elevada—, la probabilidad de que acciones y bonos caigan simultáneamente aumenta de forma significativa.
Integrar un componente de alternativos líquidos en la cartera puede ofrecer tres beneficios concretos: reducir la gravedad de las caídas mediante estrategias con baja o nula correlación con los mercados tradicionales; suavizar la trayectoria de rentabilidades, protegiendo especialmente a inversores cercanos a la jubilación del riesgo de secuenciación; y permitir mantener las inversiones al proporcionar la confianza necesaria para no vender en pánico durante periodos de tensión.
Para quienes construyen carteras hoy, la cuestión no es si incluir activos alternativos, sino cómo seleccionar aquellos que realmente aporten diversificación auténtica y se alineen con las necesidades específicas de cada perfil inversor en un entorno macroeconómico que ha cambiado de forma estructural.



