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Septiembre y octubre: por qué los mercados bursátiles temen al otoño financiero

Los inversores profesionales saben que el calendario puede ser un aliado o un adversario silencioso. Cuando llega el otoño, especialmente septiembre y octubre, los gestores de carteras tienden a elevar su nivel de alerta. No se trata de superstición ni de profecías autocumplidas, sino de una evidencia estadística e histórica que ha dejado huellas profundas en la memoria financiera global.

Septiembre es, según los datos históricos, el peor mes del año para las acciones estadounidenses. El índice S&P 500 registra en este periodo un rendimiento promedio negativo cercano al 1%, y solo termina con ganancias en aproximadamente el 44,7% de las ocasiones desde 1928. Octubre, por su parte, tiene una reputación aún más sombría: es el mes que concentra algunos de los mayores desplomes puntuales de la historia bursátil moderna.

Cuando el pánico se vuelve sistémico: el crash de 1929

El episodio más emblemático ocurrió en octubre de 1929, cuando el Dow Jones Industrial Average se desplomó en dos jornadas consecutivas conocidas como «Lunes Negro» y «Martes Negro». El 28 de octubre, el índice perdió casi el 13%, y al día siguiente volvió a caer cerca del 12%. Para mediados de noviembre, había perdido prácticamente la mitad de su valor desde el máximo alcanzado en septiembre.

Aquel desplome no fue simplemente una corrección de mercado. Fue el detonante financiero de un proceso mucho más amplio que incluyó contracción monetaria, quiebras bancarias en cadena, deflación y colapso del comercio internacional. El resultado fue la Gran Depresión, la peor contracción económica del siglo XX en Estados Unidos, que se prolongó hasta 1941.

1987: el día que Wall Street perdió más de 22% en una sola sesión

Casi seis décadas después, el 19 de octubre de 1987, conocido como «Lunes Negro», el Dow Jones registró la mayor caída porcentual de su historia en una sola jornada: un desplome del 22,61%. Más de 500.000 millones de dólares de capitalización bursátil desaparecieron ese día, mientras se negociaron aproximadamente tres veces el volumen promedio diario de entonces.

Sin embargo, este episodio dejó una lección fundamental: un mercado puede sufrir un colapso extremo sin que necesariamente desencadene una depresión económica. La Reserva Federal intervino rápidamente proporcionando liquidez al sistema, y los mercados comenzaron a estabilizarse. Además, este evento marcó el nacimiento de los «circuit breakers», mecanismos diseñados para detener temporalmente las operaciones cuando las caídas alcanzan ciertos umbrales.

De Asia a Wall Street: la globalización financiera en 1997

El 27 de octubre de 1997, en plena crisis financiera asiática, el Dow Jones perdió 554,26 puntos, equivalentes al 7,2%. Por primera vez desde su creación, los circuit breakers fueron activados en Wall Street. La jornada demostró que la globalización financiera había transformado radicalmente la dinámica de los mercados: un shock localizado en una región podía transmitirse en cuestión de horas a otros continentes, amplificando el riesgo sistémico.

Este episodio consolidó la idea de que los mercados modernos están interconectados de manera tal que ningún inversionista puede ignorar lo que ocurre fuera de sus fronteras. La crisis asiática afectó directamente las expectativas de crecimiento mundial y las proyecciones de ganancias de las empresas estadounidenses.

2001 y 2008: cuando septiembre también protagoniza la historia

Septiembre de 2001 quedó marcado por los atentados del 11 de septiembre. Cuando Wall Street reabrió el 17 de ese mes, tras cuatro sesiones de cierre, el Dow Jones perdió aproximadamente el 7%, el S&P 500 cayó alrededor del 5% y el Nasdaq cerca del 6,8%. El mercado ya venía debilitado por el estallido de la burbuja tecnológica y el deterioro económico, pero septiembre concentró el impacto emocional y financiero.

El episodio más reciente y devastador ocurrió en septiembre de 2008, cuando Lehman Brothers solicitó protección por bancarrota el 15 de ese mes. Este evento desencadenó una retirada masiva de los inversores de activos de riesgo y una pérdida generalizada de liquidez. Octubre de 2008 terminó con una caída mensual del S&P 500 cercana al 16,9%, colocándose entre los peores meses de la historia del índice. La diferencia fundamental respecto a episodios anteriores fue que no se trató solo de un crash bursátil, sino de una crisis sistémica del crédito que paralizó simultáneamente el sistema bancario y la economía real.

¿Qué hace especial a septiembre y octubre?

La pregunta que surge es obvia: ¿por qué estos dos meses específicos? No existe una respuesta única, pero sí varios factores recurrentes. Septiembre marca el retorno de los inversores institucionales tras el periodo vacacional del hemisferio norte, lo que puede generar ajustes de posiciones y rebalanceos de carteras. Además, es un mes en el que suelen concentrarse decisiones clave de política monetaria, como las reuniones de la Reserva Federal.

Octubre, por su parte, no necesariamente cae más que otros meses en términos de frecuencia. De hecho, entre 1950 y 2024, el S&P 500 terminó octubre con ganancias aproximadamente el 59% de las veces, con un rendimiento promedio cercano al 0,85%. El problema radica en la magnitud de los episodios extremos: octubre incluye tres de los peores meses de la historia del índice.

El contexto actual y las vulnerabilidades de 2026

Ahora, en 2026, Wall Street llega al otoño con sus propias vulnerabilidades. El mercado ha experimentado una fuerte concentración en valores tecnológicos, especialmente en empresas vinculadas a la inteligencia artificial. Las valoraciones son elevadas, y cualquier cambio en las expectativas sobre tasas de interés, inflación o rentabilidad de las inversiones tecnológicas podría amplificar las correcciones.

Además, el escenario macroeconómico se ha complicado recientemente. Las tensiones geopolíticas han elevado el precio del petróleo por encima de los 90 dólares por barril en algunos momentos, mientras los rendimientos de los bonos globales han aumentado. La Reserva Federal tiene programada su reunión del FOMC para los días 15 y 16 de septiembre, lo que significa que el mercado entrará al mes con uno de sus principales catalizadores exactamente dentro del periodo históricamente más débil.

También es relevante el crecimiento de estrategias apalancadas y productos derivados. El número de ETF de una sola acción con posiciones apalancadas o inversas se ha multiplicado de manera extraordinaria, aumentando la velocidad con la que determinados movimientos pueden transmitirse entre acciones y productos derivados.

En clave: Por qué importa

Para los gestores de fondos, family offices y administradores de patrimonio, la lección histórica de septiembre y octubre no es abandonar el mercado de manera preventiva. Eso sería un error basado en el miedo. La verdadera enseñanza consiste en utilizar este periodo como un recordatorio para revisar riesgos, evaluar el nivel de concentración de las carteras y preguntarse qué ocurriría si el escenario cambia rápidamente.

Las lecciones del pasado son claras: 1929 enseñó el peligro del apalancamiento excesivo y las burbujas especulativas; 1987 mostró que los mecanismos automáticos de negociación pueden amplificar movimientos extremos; 1997 confirmó que los shocks financieros se transmiten globalmente; 2001 demostró cómo un shock geopolítico puede golpear a un mercado ya debilitado; y 2008 dejó la lección más importante: el verdadero riesgo no está solo en que caigan las acciones, sino en que desaparezca simultáneamente la liquidez de varios mercados.

Cuando las valoraciones son elevadas, las posiciones están concentradas y el costo del dinero vuelve a ser una variable de mercado, conviene entrar al otoño preguntándose no cuánto más puede subir una cartera, sino cuánto puede perder si la historia decide repetirse. Porque septiembre no provoca los crashes, pero la historia demuestra que cuando un mercado llega vulnerable al otoño, estos meses han sido capaces de convertir una grieta en una fractura.

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