La inflación subyacente en la eurozona sube al 2,4% mientras el conflicto en Oriente Medio presagia una nueva escalada en los costes energéticos.
El panorama económico europeo ha recibido un doble impacto en las últimas horas que obliga a recalcular todas las previsiones financieras para el semestre. Lo que parecía una travesía tranquila hacia la estabilización de los precios se ha visto sacudido por un dato inesperado de Eurostat y, simultáneamente, por un estallido bélico que amenaza con desestabilizar los mercados globales.
Un respiro que duró poco
Durante el mes de febrero, la inflación general en la eurozona mantuvo una trayectoria que los analistas calificaban de «apacible». Los datos oficiales sitúan el Índice de Precios al Consumo (IPC) general en el 1,9% interanual, escalando apenas dos décimas respecto al mes anterior. Esta cifra, sobre el papel, resulta ideal para el Banco Central Europeo (BCE), ya que se alinea casi a la perfección con su objetivo estratégico del 2%.
Sin embargo, el optimismo se ha visto empañado al analizar la «letra pequeña» del informe. El IPC subyacente —aquel que excluye los elementos más volátiles como la energía, los alimentos frescos, el alcohol y el tabaco— ha dado un susto inesperado. Esta métrica, que los economistas vigilan con lupa por ser la más difícil de reducir una vez se asienta, ha repuntado por sorpresa dos décimas hasta alcanzar el 2,4% interanual.
El «Efecto Irán»: un nuevo frente para el BCE
Este repunte de la inflación subyacente llega en el peor momento posible. El ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán, ocurrido en el cierre de febrero, ha abierto un escenario de incertidumbre absoluta. Si bien el dato de inflación actual todavía no refleja el impacto total de esta crisis, los mercados ya anticipan que el alivio en los costes de la energía ha llegado a su fin.
La preocupación en los despachos de Fráncfort es evidente. Hasta ahora, la caída de los precios energéticos había sido el principal motor de la desinflación en Europa. Con el conflicto en Oriente Medio en plena ebullición, esa red de seguridad desaparece. El riesgo no es solo que el petróleo y el gas encarezcan la vida diaria, sino que este encarecimiento se traslade de nuevo a la inflación subyacente, que ya ha demostrado ser más resistente de lo previsto.
Desafíos para la política monetaria
Este nuevo contexto coloca a Christine Lagarde y al Consejo de Gobierno del BCE en una posición comprometida. Si la inflación subyacente se mantiene «pegajosa» por encima del 2,4%, y a esto se le suma una presión externa por el lado de la energía, la esperada senda de bajadas de tipos de interés podría verse alterada.
Los analistas sugieren que el BCE tendrá que caminar sobre una cuerda floja muy fina: controlar una inflación que se resiste a morir sin ahogar excesivamente el crecimiento económico de una región que todavía muestra signos de fragilidad. El «pequeño susto» de febrero podría ser, en realidad, el preludio de una primavera económica mucho más convulsa de lo que se había proyectado a principios de año.
En Clave: Por qué importa
Este cambio de tendencia es crítico porque marca el fin de la narrativa de «misión cumplida» contra la inflación. El repunte del IPC subyacente demuestra que las presiones internas sobre los precios —especialmente en el sector servicios— siguen vivas. Si el conflicto en Irán se prolonga, Europa se enfrenta a una «tormenta perfecta»: una inflación estructural que no baja y un choque de oferta energético externo. La relevancia de esta noticia reside en que obligará al BCE a ser mucho más cauteloso con el precio del dinero, lo que afectará directamente a hipotecas y préstamos en los próximos meses.



