Jubilación

El modelo islandés de pensiones supera a España en sostenibilidad: claves de un sistema resistente al envejecimiento

El desafío demográfico que enfrenta Europa no es ningún secreto. El envejecimiento de la población, la baja natalidad y la jubilación masiva de la generación del baby boom han convertido la sostenibilidad de los sistemas de pensiones en una prioridad para los gobiernos del continente. España lleva más de tres lustros implementando reformas para intentar asegurar la viabilidad de su modelo previsional. Desde la modificación legislativa de 2011 que transformó los métodos de cálculo hasta la introducción del Mecanismo de Equidad Intergeneracional en 2023, el objetivo es claro: que las cuentas públicas aguanten cuando la presión alcance su máximo.

Sin embargo, los expertos internacionales señalan que el verdadero ejemplo de resistencia estructural no se encuentra en el sur de Europa, sino en una isla del Atlántico Norte. Según el informe anual del Mercer CFA Institute Global Pension Index 2025, Islandia ostenta el segundo mejor sistema de pensiones del planeta, con una puntuación global de 84,0 puntos, equivalente a una calificación de categoría A. Más aún, esta nación nórdica lidera de forma absoluta el apartado de sostenibilidad, alcanzando los 85,7 puntos en este subíndice crítico.

España rezagada en el ranking internacional

Por el contrario, España obtiene una calificación C+ con 63,8 puntos globales, una nota que refleja problemas estructurales profundos. La principal debilidad del modelo español radica en su sostenibilidad a largo plazo, área en la que apenas alcanza los 34,2 puntos. Esta fragilidad contrasta dramáticamente con los resultados de Islandia, evidenciando las carencias de un sistema que, aunque generoso en términos de prestaciones actuales, no cuenta con los cimientos necesarios para sobrevivir a décadas de presión demográfica creciente.

Resulta especialmente revelador que ambos países empaten prácticamente en el indicador de adecuación, con aproximadamente 83 puntos. Esto significa que, en cuanto a protección económica inmediata para los jubilados, España y Islandia ofrecen niveles equivalentes. La diferencia abismal surge al analizar cómo se financian estas promesas y qué herramientas institucionales existen para garantizar que los recursos estarán disponibles dentro de 20 o 30 años.

Capitalización obligatoria: la gran diferencia estructural

El secreto del éxito islandés radica en su arquitectura de financiación mixta. A diferencia del sistema español, que depende casi exclusivamente del reparto (es decir, las cotizaciones de los trabajadores activos pagan directamente las pensiones de los jubilados), Islandia incorpora un potente mecanismo de capitalización obligatoria. Todos los trabajadores islandeses de entre 16 y 70 años están obligados por ley a destinar el 15,5% de su salario a fondos de pensiones individualizados. De este porcentaje, el 4% corre a cargo del empleado y el 11,5% lo aporta el empleador.

Este dinero no se utiliza para pagar las pensiones actuales, sino que se invierte en mercados financieros, generando un patrimonio real que pertenecerá al trabajador cuando se jubile. De esta forma, cada generación construye su propia reserva, reduciendo la dependencia de las contribuciones fiscales futuras. Paralelamente, el Estado islandés garantiza una pensión básica de unos 2.560 euros mensuales, que actúa como red de seguridad universal para quienes no hayan acumulado suficiente capital o tengan carreras laborales irregulares.

En España, el Mecanismo de Equidad Intergeneracional (MEI) elevará la cotización empresarial y laboral en 0,90 puntos porcentuales en 2026. No obstante, estos fondos adicionales se destinan al fondo de reserva de la Seguridad Social para paliar desequilibrios temporales, sin crear cuentas de capitalización individual. La diferencia conceptual es clave: mientras Islandia construye patrimonio privado para cada ciudadano, España acumula reservas públicas que pueden ser consumidas por futuras generaciones de pensionistas sin que exista un vínculo directo entre lo cotizado y lo recibido.

Empleo sénior y edad de jubilación: los otros pilares

La sostenibilidad del modelo islandés también se apoya en una cultura laboral que fomenta la participación de trabajadores mayores. Islandia ya tiene establecida su edad ordinaria de jubilación en los 67 años, una barrera que España alcanzará recién en 2027. Pero más allá del dato legal, destaca la tasa de actividad y empleo en edades avanzadas, una de las más altas de Europa. En la práctica, esto significa que los islandeses permanecen en el mercado laboral más tiempo, lo que reduce el número de años en los que cobran pensiones y alivia la carga sobre las generaciones más jóvenes.

Los expertos del CFA Institute subrayan que los sistemas mejor valorados comparten esta característica: incrementar la edad de jubilación y promover la participación laboral en edades avanzadas son factores determinantes para la sostenibilidad. En este aspecto, España todavía tiene un amplio margen de mejora. Las reformas paramétricas recientes han extendido progresivamente la edad de retiro, pero las tasas de empleo entre los mayores de 60 años siguen siendo significativamente inferiores a las de los países nórdicos.

En clave: Por qué importa

La comparación entre Islandia y España no es una simple competición de rankings internacionales. Es una advertencia sobre los límites del modelo de reparto puro en un contexto demográfico adverso. Proteger el poder adquisitivo de los jubilados actuales es una obligación ética y política, pero hacerlo a costa de trasladar el problema a las próximas generaciones puede resultar insostenible. Islandia demuestra que es posible combinar generosidad con viabilidad financiera si se construye una arquitectura institucional sólida: capitalización obligatoria, participación laboral prolongada y diversificación de fuentes de financiación.

Para España, la lección es clara. Las reformas paramétricas y los ajustes fiscales pueden ganar tiempo, pero sin un giro estructural hacia modelos mixtos que incorporen ahorro privado obligatorio y sin políticas activas que retengan el talento sénior en el mercado laboral, el sistema seguirá acumulando vulnerabilidades. La promesa de las pensiones no puede sostenerse únicamente sobre el crecimiento de la recaudación tributaria o el endeudamiento público. Requiere un pacto intergeneracional que equilibre derechos adquiridos con responsabilidad futura, algo que Islandia parece haber logrado y España aún tiene pendiente.

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