Los inversores concentrados en las grandes tecnológicas y la inteligencia artificial podrían estar pasando por alto una oportunidad estructural de mayor recorrido. El mercado de materias primas muestra señales inequívocas de encontrarse en las etapas iniciales de un superciclo que podría extenderse durante las próximas dos décadas, según el análisis de Paul Gooden, responsable de gestión en Ninety One.
Durante su participación en el II Funds Society Leaders Summit celebrado en la capital española, Gooden presentó una tesis contundente: el mundo físico de los recursos naturales se está convirtiendo en el soporte imprescindible para la economía digital. Su fondo, el Ninety One Global Natural Resources, registró un avance del 45% en 2025 y acumula ganancias cercanas al 30% en el año en curso, respaldando con cifras la solidez de esta perspectiva.
Cinco pilares fundamentales sostienen la tesis alcista
El gestor identifica cinco factores estructurales que explican el potencial de largo plazo de las materias primas: la electrificación masiva de la economía, las presiones inflacionistas persistentes, valoraciones atractivas frente a otras clases de activos, rentabilidades sólidas para los accionistas y capacidad de diversificación en las carteras. Estos elementos, actuando de forma simultánea, configuran un escenario favorable que apenas está comenzando a desarrollarse.
Los datos de mercado refuerzan esta visión. El oro ha marcado máximos históricos a principios de año, el cobre cotiza también en niveles récord y el petróleo se aproxima a los 100 dólares por barril. Para Gooden, estas señales de fortaleza no son casuales: reflejan un cambio profundo en la economía global donde la demanda de recursos físicos vuelve a ser protagonista.
La electrificación impulsa la demanda de metales y energía
Uno de los catalizadores más potentes es el aumento exponencial en el consumo eléctrico. Mientras China multiplicó por diez su demanda de electricidad en las últimas dos décadas, Estados Unidos apenas registró crecimiento en ese mismo período. Tras años de desindustrialización y traslado de producción a otros territorios, la economía estadounidense enfrenta ahora un punto de inflexión marcado por la necesidad de reindustrialización y la expansión de infraestructuras digitales.
Los centros de datos vinculados a la inteligencia artificial se han convertido en consumidores voraces de energía. Esta realidad genera una demanda adicional significativa de cobre, aluminio, gas natural y electricidad. En Estados Unidos, aproximadamente la mitad de la red eléctrica depende del gas natural, y ese porcentaje está en aumento. Ante las limitaciones de la red tradicional, los grandes operadores tecnológicos recurren cada vez más a instalaciones conectadas directamente a suministros de gas natural. Además, Estados Unidos se consolida como exportador energético hacia Europa y Asia, reforzando el viento de cola para estos recursos.
Inflación estructural y el valor de los activos físicos
La renta variable vinculada a recursos naturales ha demostrado históricamente un comportamiento superior en entornos de inflación elevada. El razonamiento es directo: mientras los bancos centrales pueden aumentar la oferta monetaria, nadie puede fabricar hidrocarburos, metales o commodities agrícolas a voluntad. Si la cantidad de dinero en circulación crece mientras la oferta física de materias primas permanece limitada por restricciones geológicas y productivas, los precios tienden inevitablemente al alza.
Existen factores estructurales que podrían mantener la inflación por encima de las tendencias históricas de las últimas décadas. Los déficits fiscales de economías desarrolladas como Estados Unidos y Reino Unido rondan el 6-7%, mientras el endeudamiento público continúa su escalada. A esto se añade la transición hacia un mundo multipolar, caracterizado por conflictos simultáneos y crecientes tensiones geopolíticas que están generando un fenómeno de nacionalismo de recursos y relocalización productiva. Estos procesos elevan los costes de producción y transporte, alimentando presiones inflacionistas que podrían castigar especialmente a la renta fija y a las acciones de crecimiento con valoraciones muy elevadas.
Ventajas de invertir en compañías frente a índices de materias primas
La exposición a materias primas a través de empresas cotizadas ofrece ventajas significativas respecto a la inversión directa en índices de commodities. Las compañías pueden innovar, optimizar procesos y reducir costes de producción, generando valor añadido. El ejemplo del petróleo de esquisto estadounidense resulta ilustrativo: hace quince años era prácticamente inexistente y ahora representa alrededor del 10% del petróleo consumido mundialmente, demostrando la capacidad de innovación del sector.
La cartera gestionada por Gooden presenta actualmente una rentabilidad estimada por flujo de caja libre del 8% para 2027, más del doble que el mercado global. Las compañías del universo cuentan con balances sólidos y buena parte de ese flujo retorna a los accionistas mediante dividendos y recompras, con una rentabilidad por distribución superior al 4%. En contraste, los índices de materias primas presentan una desventaja estructural conocida como rendimiento negativo de renovación, que puede erosionar las rentabilidades cuando los contratos de futuros se renuevan periódicamente.
Descorrelación y diversificación como argumentos adicionales
La inversión en recursos naturales presenta una correlación muy baja tanto con estrategias de crecimiento como de valor, lo que la convierte en una herramienta eficaz de diversificación. Esta característica se explica en parte por la concentración en grandes capitalizaciones y por la naturaleza cíclica del sector. Los ciclos de materias primas suelen prolongarse durante aproximadamente dos décadas, según datos históricos.
Cuando la oferta se sitúa por debajo de la demanda, los precios suben, pero las compañías no responden inmediatamente. La disciplina de capital y los largos plazos de desarrollo de nuevos proyectos pueden prolongar ese déficit de oferta durante años antes de que llegue nueva producción al mercado. Esta dinámica genera oportunidades prolongadas para los inversores posicionados en las fases tempranas del ciclo.
Actualmente, la estrategia mantiene una sobreponderación en energía y metales preciosos, una posición aproximadamente neutral en metales básicos y una ligera infraponderación en agricultura, aunque con preferencia por determinados mercados de fertilizantes. La distribución habitual de la cartera se sitúa en torno al 40% en energía, otro 40% en metales y minería, y un 20% en agricultura.
En clave: Por qué importa
El resurgir de las materias primas representa una oportunidad de inversión estructural en un momento en que los mercados están intensamente concentrados en sectores tecnológicos. La electrificación de la economía, las presiones inflacionistas persistentes y la reconfiguración geopolítica apuntan a un escenario donde los recursos físicos recuperan protagonismo. Para los inversores, esto supone considerar la diversificación hacia activos con baja correlación con las estrategias tradicionales, especialmente en un entorno donde las valoraciones de muchas acciones de crecimiento presentan riesgos. La tesis del superciclo sugiere que este movimiento apenas está comenzando, lo que podría ofrecer oportunidades de revalorización a medio y largo plazo para quienes se posicionen en las fases iniciales del ciclo.



