Un escenario de alta volatilidad política y económica redefine el valor de las grandes monedas bajo la sombra de la inflación.
El panorama financiero global se prepara para un 2026 marcado por la imprevisibilidad. Tras un año previo convulso, los mercados de divisas y metales preciosos se encuentran en una encrucijada donde la geopolítica y las decisiones de los bancos centrales dictarán el ritmo de las carteras de inversión. Jean-Marc Guillot, estratega jefe de tesorería en Edmond de Rothschild, advierte que la herencia de las políticas disruptivas en Estados Unidos y las tensiones en Europa seguirán siendo los motores principales de la inestabilidad.
El dólar: Entre el asedio inflacionario y el trono de reserva En el epicentro de este terremoto financiero se halla el dólar estadounidense. La Reserva Federal (Fed), que inició una fase de distensión monetaria en septiembre pasado, proyecta tipos de interés cercanos al 3% para mediados de 2026. Sin embargo, este camino no está exento de obstáculos. A pesar de la ralentización del empleo, el fantasma de la inflación persiste; el IPC mostró rebotes preocupantes durante el verano de 2025, escalando hasta el 2,9%.
A esto se suma la guerra de aranceles impulsada por la administración de Donald Trump, que ha encarecido los costes de importación y exportación, trasladando la factura directamente al consumidor final. No obstante, el «billete verde» mantiene una resiliencia férrea. Según Guillot, la ausencia de una alternativa con la liquidez necesaria y la confianza de los bancos centrales asegura que el dólar siga siendo el activo de reserva por excelencia, a pesar de las grietas en su economía interna.
Europa y la sombra del riesgo francés Cruzando el Atlántico, el euro navega por aguas turbulentas debido a la fragilidad política de la segunda economía de la eurozona: Francia. La inestabilidad gubernamental y las concesiones presupuestarias, financiadas mediante un endeudamiento agresivo, han provocado una erosión en la confianza crediticia del país galo. Este «riesgo francés» actúa como un lastre para la moneda única, que solo encuentra apoyo en el incremento del gasto en defensa derivado de la persistente amenaza rusa.
Las previsiones para la eurozona apuntan a una estabilidad en los tipos de interés, que se mantendrán en torno al 2% durante los próximos dos años. En este contexto, si las expectativas en EE. UU. siguen corrigiéndose a la baja, el cruce EUR/USD podría consolidarse en los 1,15, ofreciendo un respiro tras meses de debilidad.
El despertar del yen y la muralla suiza En Asia, Japón ha roto moldes históricos con el ascenso de Sanae Takaichi, la primera mujer en ocupar el cargo de primera ministra. Su estrategia, centrada en paliar el coste de la vida mediante estímulos fiscales, choca frontalmente con el ajuste monetario que venía realizando el Banco de Japón. Guillot alerta sobre una posible depreciación del yen hacia la zona de los 155/160 por dólar, lo que obligaría al Ministerio de Economía a intervenir nuevamente para evitar una inflación importada descontrolada, buscando estabilizar la divisa en los 140/145.
Por su parte, Suiza sigue siendo la excepción a la regla. Pese a los aranceles del 39% impuestos por Washington y la presión sobre su industria farmacéutica, el franco suizo mantiene su estatus de refugio. El Banco Nacional Suizo (BNS) se enfrenta al reto de evitar una apreciación excesiva que dañe sus exportaciones, contemplando incluso el retorno a tipos negativos y el aumento de reservas internacionales para mantener el tipo de cambio en niveles competitivos.
En Clave: Por qué importa La estabilidad del sistema financiero en 2026 no dependerá exclusivamente de los datos macroeconómicos, sino de la capacidad de los bancos centrales para navegar en un entorno de «policrisis». La resiliencia del dólar, frente a la debilidad estructural del euro y la reconfiguración japonesa, sugiere que la gestión de divisas dejará de ser una tarea secundaria para convertirse en el pilar estratégico de cualquier inversor. En un mundo donde la política dicta la economía, la agilidad para reaccionar ante la intervención de los gobiernos será la única garantía de supervivencia para el capital internacional.



